SEGUIREMOS.

Cuando siento que no puedo quererte más, vienes dispuesto a romper los límites. Vienes. Te remangas. Y te pones manos a la obra, trabajando con amor en el ensanche de mi corazón. Entonces, descubro una flexibilidad inesperada, un tejido que se abre como lo hace una flor en primavera, celebrando el buen tiempo.

Y es que el tiempo contigo siempre es bueno, es una sucesión de instantes de felicidad plena. De reír con la boca, con los ojos, con el alma. Para sentirse después en calma. Podría decirte que eres un acuerdo de paz en medio de un mundo en guerra. Que abrazarte es abrazar también mis monstruos. Que cuidarte es cuidar de mí misma. Porque descubro sombras en ti que habitan en mi propia oscuridad. Y al escucharte, me hablan mis entrañas. Y al ayudarte a cerrar tus heridas, cicatrizo yo del mismo modo, con la misma urgencia. Necesito verte bien para poder dormir, para que mis tripas dejen de quejarse, para que mi sonrisa en las fotos sea cierta.

Lo que pretendo que entiendas con todo esto es que me importas, mucho, demasiado, porque quizá eres el último en el guion de mi existencia por orden de aparición, pero el primero en orden de relevancia. Y me encanta este giro de guion inesperado, esta hermosa sorpresa de la vida, que me saca ahora a bailar cuando me había resignado a observar la fiesta desde la distancia. Quiero acercarme. Quiero ser partícipe de la música y el vértigo, pero también seguir ahí cuando se enciendan las luces y toque hacer limpieza.

No sé si me explico o si te estoy confundiendo más. Solo quiero que sepas que estaré ahí a las duras y a las maduras, en la trinchera contigo, como bien sabes. Resumiendo. Que me gustaría que te mirases al espejo y sintieras orgullo. Que ojalá, algún día, por fin, acabes de ser consciente de todo lo que significas, todo lo que vales, todo lo que supones en otros, en mí, aquí. Que quiero que te quieras.

Sé que mereces que te diga muchas otras cosas. Pero esas “cosas”, esa palabra baúl en la que cabe tanto, están cerradas bajo llave. Intento adentrarme en mí misma y me encuentro con cerrojos. Con un caos demasiado inmenso como para tratar siquiera de poner algo de orden. Soy caótica, insegura, fría, inestable, nostálgica en extremo, vacilante hasta la saciedad. Un mar de dudas que se enamora siempre de la luna más violenta. Un laberinto craneoencefálico que me causa migrañas emocionales. Una desconfianza intravenosa que sigue corriendo por mi sangre.

Y no es justo. Ni para ti, ni para mí. Necesito conocerme, aceptarme, quererme. Necesitas conocerte, aceptarte, quererte. Después, quizá, a lo mejor o a lo peor, abriremos debate con un signo de interrogación o lo cerraremos con un punto final. Pero incluso tras ese punto de cierre, ese punto de inflexión, tras un punto de sutura o de encuentro, pase lo que pase, seguiremos.

Seguiremos por una senda u otra, más suave en ocasiones y más accidentada otras veces, acompañados de certezas o de temores, pero seguiremos. Seguiremos y puede que cambiemos nuestro nombre, nuestro ritmo, nuestros horizontes, pero seguiremos. Seguiremos mirando en la misma dirección. Seguirás mirándome con esos ojos de amigo que me aman más que ninguna mirada y seguiré queriéndote todo lo que puede querer un corazón como el mío. Seguiremos en expansión, hacia adentro y hacia adelante, más nosotros, más allá. Deshechos en lágrimas de alegría, unidos en un abrazo, tendiendo hacia el infinito.

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