EL HUECO.

No alcanzo a comprender estas palabras que me hieren. Cuál es su forma. Acaso se asemejan a un cuchillo afilado… No sé cuánto abarcan en mí. Solo sé que es demasiado. Que no me caben dentro y puede que por eso esté escribiendo esto. Para soltar. Para entenderlo.

Desconozco cuánto daño se puede comprimir en una frase, pero siento que has apretujado tantos reproches en ella que ya casi no da de sí. Tus palabras tienen la magnitud de una bomba atómica. Quizá podrías haberte tomado la molestia de pensar antes de pulsar el detonador. Para ti fue una frase, un par de segundos. Pero su estallido aún duele, aún arrasa. Sigue rompiendo tabiques, columnas, estructuras enteras que se desmoronan.

Nuestra relación es un pilar en mi vida y siento cómo se viene abajo. Cómo cruje. Cómo resiste a duras penas el peso de tu voz durante esos cuatro minutos y medio. Después de todo lo que hemos pasado juntos…

Te enseñé un lenguaje y no hablo de idiomas. Fuimos capaces de comunicarnos con miradas, sonrisas y abrazos. Después aprendiste a llamarme amiga y fui feliz. Si corrías yo iba detrás, barranco abajo, cuesta arriba, donde fuera. Nos enseñamos también la libertad. Crecimos y me dijiste “estoy en guerra con el mundo, mi manera de amar no es como se supone que debe ser”. Yo te dije “que tiemble el mundo ante nuestra trinchera”. Y te pedí por favor que jamás dejaras de ser quien eres. Más tarde descubriste que ya no querías ser la persona que habías sido siempre y yo te acompañé en el cambio. Me importó un carajo el continente porque tu contenido seguía intacto. Seguías significando tanto. Te defendí contra las malas lenguas y las mentes cerradas. Luchamos contra el odio y vencimos. Le plantamos cara al miedo y huyó. Desafiamos a la distancia y resistimos. Creí que habíamos probado una teoría, que quienes dijeron que la fuerza gravitatoria de la vida nos haría caer por nuestro propio peso, se equivocaban.

Pero ya no lo tengo tan claro. Porque pesa. Y ya no confío en mis fuerzas como antaño. Tampoco quiero. Gastar mis energías. En batallas absurdas. En quién tiene razón. En cuánto me importas. Si es ahí donde colocas tu duda, me rindo. No tiene sentido demostrar lo evidente. Dime, ¿no te parecen veinte años suficiente evidencia? ¿Acaso crees que, hoy por hoy, tendrías algún remoto espacio en mi vida si no fueras una prioridad? Lo tienes. Ocupas mi espacio y mi tiempo y me alegra que así sea.

Fuiste prioritario cuando te dejé adentrarte en mi oscuridad y llegar más lejos de lo que nadie llegó nunca, como cuando se atraviesa ese espacio en el mar que ya no es azul y donde ya no se sabe qué se puede encontrar. Hasta ahí llegaste. En un submarino blindado para un único pasajero: tú. Ahí está tu hueco.

Joder, si hasta te tallé a medida una butaca reservada en la sala de mi yo interior. Y te conté qué hombres me dolían, qué ideas me hacían hervir la sangre, cómo toqué el cielo de Madrid y quién me hizo bajar a mis infiernos, cuánto aprendí, cuánto viví, cuánto te agradezco que seas un compañero de vida. Y que, si quieres, nos quedan más montañas por escalar, más playas por conocer, más aventuras y locuras pendientes, más carnavales, más fiesta, más bailes, más risas, más vagones de trenes alemanes, más asientos de guaguas isleñas, más lugares a los que viajar juntos. Otro hueco.

Y en este marzo que se cumple un año del estado de alarma te cuento que han vuelto a saltar en mí. Que me he mudado a la costa, que he llenado estos cincuenta metros cuadrados de libros, de plantas y de silencio y estoy bien, pero te echo de menos. Que ojalá vengas pronto para llenarnos de mar y de conversaciones de esas que nos pertenecen solo a ti y a mí. Que te aguardan unas cuantas cervezas en la nevera, un verano de desconectar para reconectar, un ventanal en el que siempre hace sol, el otro lado de la cama. Más hueco.

¿Ves? Ahí tienes tu puto hueco. Ese que tanto reclamas. Ahora, si quieres, quédate en tu palacio de orgullo, proclamándote rey y único vencedor de esta discusión, custodiando tu cofre de argumentos irrebatibles, tu verdad absoluta. Allá tú.

Tú verás qué haces con el hueco. Si quieres llenarlo o seguir vaciándome.

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