R&B.

Por un tiempo yo también fui esa mujer en la bañera, temblando de miedo, asustada de sí misma. Y escribo bañera como metáfora del pozo profundo en el que caemos todos alguna que otra vez cuando renunciamos al amor propio. Contigo fui todo desnudez. En la cama y rozando el cielo, sí; pero también en ese baño y hundida. Incapaz. De darme cuenta de mi valía. De quererme. De respetarme.

Si lo hubiera hecho, si hubiera tenido algo más, solo un poco, de amor y respeto propio, seguramente me habría marchado antes. Antes de que me lanzaras palabras a la cara como puñetazos, mientras sonaba “Cero” y a mí también me tocaba aprender a dejar de querer(te), y yo tampoco sabía qué hacer con tanto daño. Qué hacer con el rastro de tu perfume en mi coche, con el eco del portazo al dejarme atrás, con el silencio que me sepultó tras el discurso que traías aprendido de casa. Ni siquiera te atreviste a pensar tus propias ideas. Fuiste un muñeco manejado por los hilos de otros.

Y yo una verdad intragable en tu mundo de mentiras. La pieza rota del puzle que jamás lograría encajar. Un pasatiempos conveniente. Alguien más que llevarte a la boca cuando el hambre apretó. Yo fui la mujer en la bañera y tú el hombre en la cocina, gritándome reproches, ese a quien le importaba más un plato de macarrones que mi tristeza. Cenando con traje y corbata, tan narcisista, tan elegante, tan poca clase.

Puto tóxico. Te volvías loco si me perdías de vista y al rato no querías ni verme. Te desvivías en amor por mí y luego me ignorabas. Me buscabas, huías, volvías, salías corriendo, venías para quedarte, amenazabas con irte para siempre. Querías una vida conmigo, pero no aguantabas un fin de semana a mi lado. Invadías mi espacio, me pedías tiempo, me asfixiabas, desaparecías. Eras un amor, eras insoportable, eras mi aliado, eras mi enemigo. Me acompañabas, me abandonabas, estabas ahí, ya no.

Ya no. No soy ni seré más la mujer en la bañera. Pero tú seguirás siendo el hombre en el umbral de la puerta, sin saber si entrar o salir, sin ser capaz de pronunciar un mísero “gracias”. Con eso, quizá, hubiera bastado. Un indicio. Una prueba. Una mínima muestra de agradecimiento. Por ejemplo:

Gracias por quererme tanto y tan bien. Gracias por darme la mano cuando la vida me dio la espalda. Gracias por ver conmigo cada partido porque me amabas a mí más de lo que odiabas el fútbol. Gracias por no salir volando cuando iba por ahí con mis aires de grandeza. Gracias por estar ahí en mis borracheras y en mis resacas. Gracias por llevarme al trabajo por las mañanas, por esperarme a la salida para ir a comer juntos. Gracias por tu paciencia cuando era un imbécil que tapaba con chulería su fragilidad. Gracias por perdonarme cada vez que te hice sentir insegura de ti misma. Gracias por acogerme en tu hogar, por hacerme sentir en casa, por los purés calientes cuando hacía frío, por los desayunos en la cama, por abrazarme las pesadillas durante las noches de insomnio. Gracias por hacerme el café por la mañana, por hacerme el amor, por hacerme reír. Gracias por el sexo y por la intimidad. Gracias por las caricias cuando estaba roto. Gracias por coserme los botones de las camisas y por afeitarme la espalda. Gracias por los bises que me regalaste en un concierto que ni siquiera debería haberse celebrado. Gracias por la música, la poesía, el cariño y las ganas. Gracias por amarme hasta cuando no lo merecía. Gracias por superar todo el dolor que te causé y decidir que, a pesar de todo, podíamos seguir siendo felices. Gracias por todas las veces que te pusiste guapa para impresionarme y por tu belleza interior, aunque yo solo te haya recordado lo poco que me gustaban tus putos pantalones amarillos y tu cara sin maquillar. Me diste luz. Me hiciste mejor persona. Gracias por sobrevivir al terrorista emocional que soy. Gracias, porque sé que te compliqué la vida y tú no me guardas rencor por ello. Siempre te estaré agradecido. Siempre te querré. Gracias, de corazón, gracias.

Pero no. Elegiste otras palabras. A otras personas. Empezando por ti. Siempre tú, ti, te, contigo. Mejor así, al fin y al cabo. Yo también estoy aprendiendo a conjugarme en primera persona del singular.

La mujer en la bañera sale de allí. Va hacia el sol. Se seca la piel y también las lágrimas. Entra en calor. Su cuerpo, por fin, reacciona bien al cariño. Corre libre. Baila también, sin importarle ya quién mira. Se reconoce en el espejo y le da la mano a su sombra. Se piden perdón. Se despiden. Se cierra el telón. Se cierra una herida.

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