DURANTE UNA MIRADA.

Baja alguien por la calle mientras yo subo. Y nos cruzamos. Y en el cruce nos miramos. Un instante. Un breve rato, el suficiente para que mi memoria rescate tu imagen del baúl de los recuerdos. Se parece mucho a ti. Con tus mismos ojos verdes de mirada triste. Con el mismo alboroto en el cabello. Esos tirabuzones en los que solía enredar mis dedos durante aquellas tardes de verano. Cuando el sol me iba pintando reflejos rubios en el pelo, como los tuyos. Cuando tu sonrisa al acercarte venía cargada de nervios, como los míos. Las primeras citas. Los primeros besos. Nuestro primer amor. Conocernos y querernos tanto. Y ahora ya no sé ni reconocerte tras la mascarilla, cuando antes me hubiera bastado con fijarme en tu silueta desde lejos, en tu forma de caminar, en la cadencia de tus pasos, en tu postura corporal, para saber que eras tú y nadie más. Tú.

¿Eras tú? Ya no lo sé. No puedo saberlo. Han pasado diez años. Quizá tú también dudaste de si era yo esa mujer que se te cruzó en la vida hace dos lustros para volver a encontrarte en un cruce de miradas en una calle cualquiera. Eso somos ahora: alguien cualquiera, cualquier esqueleto bajo un abrigo deambulando de acá para allá en esta ciudad fría. Pero no. Quiero decirte que no fuiste como los demás. Que eras tan diferente al resto y me gustabas tanto que yo misma acabé por cambiar para parecerme un poco menos a mí, para alejarme un poco más del mundo y quedarme a vivir en ti.

Y ya no sé nada de tu vida. Pero quiero agradecerte tu presencia en la mía. El hueco confortable que me hiciste en tu corazón inmenso. Tu mirada limpia. Tu abrazo cálido. Tu bondad eterna. Siempre serás eso: un hombre bueno, de los que ya apenas quedan. Lo seguirás siendo, por mucho tiempo y por mucha distancia que exista entre nosotros. Lo sé.

Y si algún día te vuelvo a ver, quisiera darte las gracias también por decidir que tú no. Que no querías volver a verme. Gracias por salvarte de mí. Por rechazarme en defensa propia. Por alejarte de mí cuando estar juntos te dolía. Por darte la importancia que merecías cuando yo no supe darme cuenta. Gracias por elegirte a ti mismo cuando yo era la peor de las opciones.

Ojalá hayas podido perdonarme, por mí, sí, pero sobre todo por ti. Ojalá tu amor propio le gane la batalla al daño ajeno y a tus inseguridades. Cuando se repita la suerte y se crucen nuestros pasos y nuestras miradas, mis pies se alegrarán del camino que ya no andas conmigo, y mis ojos brillarán de emoción al recordar todas las veces que te tuvieron delante, al alcance de la mano. Y entonces mi pecho, tocado y hundido, pero tan pleno, se llenará de orgullo al comprobar cómo me dejas atrás. Inalcanzable, invencible.

Gracias por huir lejos como quien se cuelga el cartel de mantener lejos del alcance de los daños. Por convertirme en una extraña en la noche. Por perderme para poder ganarte la vida. Vívela. Cuídate. Elígete. Quiérete.

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